EL DADO

 Dani estaba tumbado boca arriba, con los ojos cerrados y las manos sobre el pecho, cuando la alarma de su móvil comenzó a sonar. Llevaba tiempo despierto, por lo que no le resultó difícil alargar su brazo derecho hasta la mesita de noche y apretar el botón de menú que apagaba la alarma.

Abrió los ojos lentamente y notó la claridad del día entrar por la ventana.

Sin girar la cabeza, comenzó a palpar la mesita con su mano.

Buscaba el dado que antes de acostarse dejó entre el móvil y el vaso de agua. Aquel que Dani había escogido para que, a partir de esa misma mañana, decidiera  el destino de sus próximas horas.

Lo tocó, lo cogió entre sus dedos fuertemente y sonrió. Ahora estaba tranquilo. Una nueva vida le esperaba ahí fuera.

Se levantó de la cama y se colocó frente al armario.

Tiró el dado: el 5.

Miró la parte superior del armario donde tenía las camisas, contó 5 y cogió la camisa azul.

Volvió a tirar el dado: el 3.

En la parte intermedia, bajo las camisas, tenía los pantalones perfectamente doblados. Contó tres y cogió el pantalón de cuadros.

Por último, los zapatos. Lanzó el dado y salió el 2: los náuticos.

Sonrió, se sintió feliz porque su dado comenzaba a darle las primeras alegrías. Le encantaba la elección de  ropa. Era perfecta, justo la que debía llevar hoy para realizar la prueba.

Salió a la calle y respiró profundamente. Miró a ambos lados de la acera y comenzó a caminar en dirección a la universidad. En su mano izquierda, el dado, fuertemente custodiado, reposaba tranquilo a la espera de una nueva consulta.

 Tardó poco en llegar al edificio. Entró, subió hasta la primera planta y se detuvo en el pasillo donde estaban las tres salas en las que se iba a celebrar el examen: A, B y C. Dani se quedó pensativo unos segundos apretando con su puño el dado en el interior de su mano. Por fin, una solución. El 1y el 2 para la sala A, el 3 y el 4 para la sala B, y el 5 y el 6 para la sala C.

 Contento por la rápida solución que había encontrado tiró el dado al suelo. Giró locamente y terminó deteniéndose  mostrando el 4. Aula B.

 Entró y buscó un asiento escorado que no llamara mucho la atención. No conocía al profesor que estaba encargado de vigilar ni a la mayoría de los compañeros que compartían aula. Tampoco le importaba.

Se sentó al final, en la esquina derecha junto a unos ventanales. Se cercioró de que nadie le miraba y sacó un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón. Lo colocó junto al examen que había en la mesa para que el dado no hiciera ruido y esperó la señal del profesor.

 -Pueden ustedes empezar. Tienen una hora.

 Dani dio la vuelta a  su examen. Era tipo test y por cada pregunta había tres posibles respuestas. Decidió seguir con el mismo sistema que usó para la elección de la sala: 1y 2 para la respuesta A, 3 y 4 para la B, y finalmente 5 y 6 para la C.

Cogió el dado y lo fue tirando sobre el pañuelo a la vez que rellenaba las casillas del examen con la respuesta que le indicaba. Estaba disfrutando mucho.

 Terminó en veinte minutos. Se levantó, entregó su examen y salió tranquilamente por la puerta. Al cerrarla, ya en el pasillo, dio un salto y lanzó un grito estridente de alegría que se oyó dentro de la sala, provocando  la risa  de toda la clase.

Estaba pletórico, feliz como nunca antes se había sentido en su vida.

Pero esto no podía parar aquí, debía continuar, seguir hasta el final. Apretó el dado con el puño y se fue a toda prisa a la calle.

Se paró en la acera y contempló lo que la ciudad le mostraba justo enfrente: varias paradas de autobús. Supo que su destino debía seguir esa dirección, algún autobús.

El número de línea de los autobuses tenía dos cifras. Pensó unos segundos y tiró el dado al suelo dos veces. El 1 y el 2: el 12.

Conocía bien la línea 12. Era la que solía coger cuando tenía que ir de la universidad a casa de su abuela. Dirigió su mirada a la parada y vio como el autobús 12 acaba de llegar. Estaba abriendo sus puertas delanteras para que los viajeros comenzaran a subir.

El semáforo de peatones continuaba en rojo y Dani empezó a ponerse nervioso. Sabía que le quedaba poco tiempo a juzgar por las pocas personas que había en la parada.

Sin pensárselo dos veces inició un peligroso recorrido cruzando la avenida, sorteando toda clase de coches y motos que le recriminaban su peligroso slalom  con pitidos y gritos.

Cuando estaba llegando a la parada, el autobús 12 cerró sus puertas y arrancó. Dani golpeó fuertemente con su puño el lateral del autobús en un intento desesperado por detenerlo, pero no pudo evitar que  se marchara lentamente en dirección contraria. Dani se quedó desconcertado.

No lo entendía. El dado no podía haber fallado.

Se quedó pensativo mirando al frente. De repente, su rostro fue esbozando una sonrisa que terminó estallando en una sonora carcajada. – ¡Ahora lo comprendo!

Al marcharse, el autobús 12 había dejado visibles las escaleras de acceso a la estación central del metro. Ese era su próximo destino. Por eso el dado le había señalado el 12, para que se acercara a las escaleras que bajan hasta el metro.

Dani bajó corriendo las escaleras empujando a todos los que hallaba a su paso para llegar lo antes posible. Sacó un billete “solo ida” pensando que quizás ese sería su último viaje, su destino final.

Bajó un tramo más de escaleras y llegó a los andenes.

Había 6 andenes y  6 posibilidades de trenes. Dani estaba realmente excitado, sudando y muy nervioso. Allí mismo, pegado al primer anden, tiró el dado para ver cual era el tren elegido. El dado botó un poco, giró y se detuvo al borde del andén. Dani se acercó a cogerlo pero el zapatazo de un transeúnte lo empujó a la vía.

Dani, aterrado por la posibilidad de perder el dado y recordando los tiempos en que era portero titular del equipo juvenil, se lanzó de cabeza tras el dado, sin apenas darse cuenta de que en ese mismo momento la línea 1 hacia su entrada por el anden 1. No oyó los gritos de la gente. Tampoco el pitido del tren ni el chirriar de los frenos  intentando evitar el atropello. El impacto fue seco, duro, mortal.

 La policía acordonó la zona y tomó testimonio a  los testigos. Unos lo vieron cruzar como un loco la avenida, otros aporrear un autobús, la mayoría lo vio sudoroso y nervioso, con actitud sospechosa, antes de arrojarse de cabeza a los pies del tren.

Sin duda un suicidio. Caso cerrado.

El andén 1 seguía repleto de gente cuando los agentes levantaron el cerco. Al atardecer, la línea 1 reanudó su recorrido. De Dani, ya solo quedaban una mancha de sangre cubierta de serrín y un dado que, oculto bajo uno de los raíles, mostraba un número en su cara superior: el 1.

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