BENDITA MELANCOLÍA

Vuelve la melancolía, vieja compañera de viaje. Aunque ahora que lo pienso, nunca se marchó del todo, y si lo hizo, no fue lejos ni por mucho tiempo. Siempre estuvo ahí. Cerca, acompañándome, pendiente de mis continuas recaídas y dispuesta a echarme una mano. Y sonrío.
Ella siempre me escucha, me cuida, me besa tiernamente y me acaricia. Pero no me compadece. Sufre conmigo, pero me reconforta. No me deja solo.
Es fiel. Y sobre todo es amiga. En el fondo de mis ojos tristes, siempre queda un brillo de esperanza. Un ” no todo está perdido”.
Bendita melancolía que me ayuda a olvidar recordando que no todo está perdido, que queda mucho por andar y conocer y , por qué no, mucho por lo que llorar. Pero ahí estará ella, para cogerme de la mano suavemente y con su pañuelo de seda, secarme esos ojos tristes de los que apenas brotan lágrimas.
Ella me levanta y señala el camino, nuevamente. Cuando miro hacia atrás, ya no la veo, pero sé que está ahí.
Ese es su regalo: una media sonrisa colgada de unos ojos tristes.

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